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viernes, 8 de julio de 2016

PUEDO TUMBARME A TU LADO











Asomada a la ventana observo el vaivén y las idas y venidas de la gente con sus ritmos frenéticos.

Un escalofrío recorre mi piel y vuelvo a la tranquilidad de la habitación, ya ni recuerdo el tiempo que hace que no piso la calle.

No sufro ningún trastorno ni trauma, simplemente deje de vivir cuando él se fue y dejo abandonados nuestros años como si no hubieran tenido importancia alguna, aún creo que cruzará la puerta con una sonrisa en los labios y un ramo de rosas azules en el otro; pero nada.

Él se fue y a mí no me sale vivir o no me da la gana, a saber.
¿Por qué evito la vida? Por miedo a sufrir otra vez, no encuentro mayor descaro en las palabras de mis amigas; ¡Pero nena que solo tienes una vida! ¿Y qué? Es mi vida. Pura obstinación y la creencia incrustada en la piel de que si te casas es para siempre, pase lo que pase..

Recuerdas en momentos efímeros las frases típicas del puñetero cura. <<habría estado mas guapo callado>>

Y así llevo ya un año planteando un recuerdo que no sustituye a lo vivido con él, simplemente se le fue el amor, soberanas gilipolleces soltamos por la boca ¿A dónde se fue? 

Pero si que es cierto que los ultimos años de peleas impensables e insultos a través de las puertas cerradas a cal y canto por no querer llegar más allá y cometer una locura, eran cada vez más asiduas ¿Entonces a que espero?

Pues sinceramente no lo sé, esa es mi desdicha y con el tiempo me he dado cuenta que en el fondo tenía razón, cuando el amor se acaba es una tontería aferrarse a algo inexistente pero el miedo a vivir de nuevo me paraliza.

Pican a la puerta y por la hora seguramente será Juan siempre me trae el pedido del supermercado más o menos a la misma hora con una sonrisa que ilumina mi frío y marchito corazón.

Abro consciente de mi dejadez, pero ya ni eso importa ¿O sí?

Juan me observa risueño y como siempre con su característica sonrisa que inunda el espacio sombrío de mi paralizado corazón y siento que vuelve a bombear.

Entra la compra en casa cosa que nunca me ha dejado hacer a mí, sabe el camino de sobras y va contándome algo que no acabo de  escuchar porque por primera vez me estoy fijando en su culo al andar y ese vaivén me tiene hipnotizada¡Pero que demonios me pasa ahora! 
Resoplo contrariada y Juan se gira y me mira extrañado.

-¿Pasa algo Laura?-Me sonrojo.

-Nada, Juan, tengo un mal día.-Intento zafarme de la situación contrariada.

-Solo por qué tú quieres, Laura-Lo miro de soslayo ¿Qué ha querido decir?

-¿No te entiendo Juan?

-Pues es fácil Laura-Deja las bolsas en la cocina, se apoya en el quicio de la puerta, cruza esos brazos moldeados a base de gimnasio <<¿Siempre los ha tenido así?>>
-Deja que sacie esa necesidad, déjame tumbarme a tu lado en la cama-<<¿A dicho lo que creo a ver oído?>>

Él sigue observándome mientras yo estoy inmovilizada,ladea tranquilamente su cabeza buscando en mí algún resquicio de cordura <<Reacciona Laura>> 

Juan sale por la puerta sin yo a ver conseguido pronunciar palabra alguna, no se si llorar o reír ante tal situación extraña.

Me siento defraudada conmigo misma, en el sofá abrazándome empiezo a llorar pero esta vez las lagrimas no son por el abandono, es por él, por Juan.

Esta dependencia insulsa que he creado por un recuerdo me ha quitado parte de la vida, ya nada será como antes, el amor se fue, él no está, nada será igual. Decido que ha llegado el momento de vivir de nuevo.

Aunque me da un pavor irracional enfrentarme de nuevo a la vida. Una vida que desconozco completamente y me saca de mi gran preciada zona de confort.

Me voy a la ducha dispuesta a ser la mujer que una vez fui. Está vez dejo paso a una sonrisa; después de la tormenta siempre llega la calma. La lluvia da paso al despuntar del sol.

Abrazo el agua que cae sobre mi cuerpo sintiendo el renacer puro de un alma.
Al mirarme al espejo me doy cuenta que sigo siendo la misma que era quizás mi tristeza me hacía verme con ojos distintos y lejanos.

Decido ponerme el vestido rojo que tanto me gusta y que tan pocas veces me atreví a ponerme, me siento por primera vez con ganas de provocar esas miradas de deseo en los hombres, sobretodo en Juan.


Ataviada con mi osadía me marcho a ver al hombre que ha abierto esa brecha que necesitaba para recuperar mi perdida autoestima.

Con mi locura transitoria y un valor que no creía poseer me paro en la acera de enfrente del trabajo de Juan. En breve saldrá con sus compañeros, aquí estoy.

El miedo me ha paralizado y no soy capaz de dar un paso más a lo mejor ni se de cuenta de que estoy allí, esperando, por él.


Sale por la puerta y mi estomago da un vuelco. Desprovista de fuerza suficiente, me quedo observando mientras entre risas habla con sus compañeros.

Estoy a punto de irme por donde he venido, quizás a sido una locura  en un momento efímero de valor. Pero él me mira y nuestras miradas se encuentran por fin, entre el escándalo de la gente y el ruido de los coches, solo escucho calma.

Me sonríe lascivamente mientras de despide de sus compañeros, le observo mientras cruza la calle sin dejar de mirarme.

Cuando esta de pie enfrente de mí, sonriendo y mirándome, no se reaccionar. Se acerca a mi oído y mi respiración se acelera...

-Eres preciosa- Lo dice de manera susurrante y posa sus labios en mi cuello dejando un reguero húmedo por el.

Me dejo llevar por esa sensación que tanto extrañaba dejándome embriagar por sus besos y esas manos  que se aferran con fuerza a mi cintura, atrapando esa carencia que tanto extrañaba.

Entre besos devorándonos por la calle como si el mañana no existiera intentamos llegar a mi casa.

De nosotros se ha apoderado una locura para nada decadente aunque lo pueda parecer, solo deseo sentirme atrapada por sus abrazos y  ser amada por él.

El cielo es testigo de una lujuria que lleva tiempo desatendida.
Sin paciencia para llegar a casa me apoya contra un árbol entre penumbras de un parque cualquiera.

Sin poder poner freno a ese arrebato desmedido de obscenidad me dejo llevar por sus manos expertas mientras levanta la falda de mi vestido para poder alcanzar con su mano mi oquedad ya húmeda y preparada. Sus dedos juegan dentro de mí produciendo un placer descontrolado incendiando mi piel a su paso, sus besos ardientes me torturan, me dejo trasportar por sus dulces y llamativas caricias sin pensar ni tan siquiera ser vistos; solo él y yo.

Un escalofrío recorre mi columna y deja paso a un orgasmo que me estremece. Me resguardo en su brazos mientras me susurra un " Te quiero"...










































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