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miércoles, 24 de agosto de 2016

ANAÏS LA VIUDA NEGRA (Bernice oscura)








Anaïs  se paró; allí estaba él…
Por su piel recorrió un frío escalofrío, y la música retumbo en su cabeza, una y otra vez, una y otra vez; siempre la misma y tétrica melodía. Era él…
Observo como se reía, como hablaba con la mujer que le acompañaba y como su mano rozaba su baja espalda al susurrar algo en su oído. Y esa melodía, esa, retumbaba en su cabeza…
Siguió cada gesto, visualizo cada movimiento; centrada en sus manos en el roce contra la piel de la mujer y a la vez su ira crecía. Deseo vomitar allí mismo en medio de la calle, pero se contuvo y respiro, mientras se dejaba llevar por la melodía de su cabeza y tarareaba…
Oculta en las sombras, sin ellos saberlo la muerte les acechaba. Tantos años para olvidarse de ese miserable y allí estaba; risueño, feliz y seguramente engañando a otra pobre incauta que había sucumbido a los encantos del fulano.
Volvió a contener otra arcada cuando vio como besaba el cuello de la mujer.
-Repulsivo, repulsivo- dijo entre dientes.
Ella que se había olvidado de él, lo tiene frente suyo, regodeándose con la rubia en brazos.
Recordó a su amiga Penélope y su sed de venganza. Ella nunca se había vengado de él, ni de lo que le hizo y de cómo la dejo; simplemente mataba porque odiaba  a los hombres, era una viuda negra, y la araña de su espalda así se lo recordaba. Como su amiga Serena los dejaba secos. Eran tres extrañas amigas…
Río a carcajadas, y  por su cabeza pasaban mil formas de hacer sufrir a ese engendro de la vida, a ese ser ególatra que era él.
Destilaba odio, exudaba rabia, era mirar como él la tocaba y solo deseaba ser ella la que estuviera de nuevo en sus brazos, pero esa vez no serían sus lágrimas lo último que sus ojos verían, no, sería su beso de la muerte; eso se llevaría de ella a su tumba.

Apresuro el ritmo detrás de ellos, los tacones de sus zapatos “Manolos”  se clavaban en el asfalto, y en su mente, en su mente…Esa melodía.


-Nanananananananaanananana….- Tarareaba.
Estuvo un buen rato, observando, siguiendo sus movimientos; donde iban, que hacían…
Decidió repetir el ritual día tras día, con una paciencia incomprensible en ella.
No se iba aproximar de buenas a primeras a él, quería esperar el momento propicio, y que fuera incapaz de negar un acercamiento. Lo conocía de sobra e intuía que no podría evitar intentar llevársela a la cama, seguramente le diría que podría ser una buena manera de recordar viejos tiempos. Siempre tan seguro de sí mismo, esa sería su perdición. Su ego. Ese que no le cabía dentro del pecho.
Por fin  llego la oportunidad que tanto ansiaba; ella sabía que él también iría, su empresa era unas de las organizadoras del evento de recaudación para el hospital del cual ella era benefactora. Era sin duda, perfecto.
Anaïs tenía un ritual antes de salir de caza cada noche y siempre es el mismo. Ponía  música en el reproductor de la habitación y escuchaba "Réquiem for a Dream" con el volumen al máximo dejando que la música fuera lo único que se pudiera percibir, ni un leve sonido del exterior la alejaba de ese ritual, la canción se repetía una y otra vez  mientras ella colocaba velas aromáticas por todo el baño con olor dulzón casi pestilente que se apoderaba de toda la estancia.
Llenaba la enorme bañera con agua tibia y sus sales de baño preferidas con aroma a coco una esencia que se apoderaba de su piel; embriagando a cualquiera que se acercara a ella.
Cuando salía del baño no secaba su piel tersa,  simplemente se colocaba su preciada bata de seda encima y se acercaba a su  tocador, se sentaba frente el y se admira al espejo mientras cepillaba su sedoso pelo de color  trigo brillante como el sol; una cabellera que le rozaba casi el final de su espalda tatuada con una araña negra.
Siempre lo mismo, de la misma manera y siempre el mismo ritual… Nada cambiaba, nada.
Se empezó a vestir y para esa noche había elegido un modelo que no iba acorde con la mujer que es ahora, pero sabe que si él la ve como una devoradora de hombres, ni se le acercara, le gustaban las mujeres débiles, esas que se pueden dominar de manera fácil y solo las usaba para complacer sus más perversos deseos; unos que a ella le hicieron sufrir mucho. Ahora no sería igual. Los papeles habían cambiado.
Llegó  a la gala con su vestido de noche  azul claro, uno que cubría su espalda y sus turgentes pechos, no quería llamar mucho la atención, su imagen dulcificada estaba especialmente pensada para él.
Maquillada muy suave y en leves tonos pastel, se había dejado su barra de labios  rojo intenso escondida en el fondo de su bolso, esa con la que le daría el beso que dejaba sin respiración a sus víctimas; pero la usara. Él la probara de sus labios después de que ella se haya divertido un rato.
Se dirigió a paso firme y tranquilo, se había recogido el pelo para atenuar sus rasgos que de unos años a esta parte eran más duros; como ella misma, más mujer. Va observando a los invitados que la saludaban, saben quién es, es su mundo y en su entorno su comportamiento es intachable.
Lo visualizó, estaba acompañado por la misma mujer de días atrás, pero eso no sería problema para él, y ella lo sabía. Le gustaba jugar con  fuego y esa baza la tenía ganada.
Empezó a sonar en su cabeza la melodía, esa que era la antesala a su delirio, esa que da paso a la viuda negra. La muerte.
Se acercó a él, aun le daba la espalda. Escondió su imagen de mujer fatal para dar paso a un rostro angelical…
-Sí tú supieras…-Pensó.
Pasó por su lado como si no le viera, disimulando. Pero sabía que se percataría de su presencia y esa sería su perdición.
Sintió de repente el agarre de una mano en su brazo, por detrás…
-Eres mío.-Una sonrisa socarrona se vislumbró en su rostro antes de girarse.
-¿De verdad, eres tú? - Le dijo él con su sonrisa lasciva, que ella reconocería a kilómetros.
-¿David?- Disimulaba ella.- Cuanto tiempo.- Se acercó y le dio dos besos más largos de lo normal, dejando que exhalará su aroma.
Él se deleitó con el dulce aroma que desprendía y notó como su miembro despertó de golpe. Recordaba bien a Anaïs, esa niña que desvirgó, y  a la que tantas veces sodomizó por el solo placer y deleite de él. Y como el día que la ató; lloró  mientras se corría de gusto en su cara, para después restregarle su propio semen, y decirle que era una cría infantil con la que no se podía follar a gusto. Le encantaba maltratarla y ella disfrutaba, o así lo recordaba él.
Mientras él le empezaba hablar y a contar cosas a las que ella asentía sonriente, en su cabeza solo se oía la música que siempre le acompañaba…
Estaba tan centrado en él, en contar como le había ido la vida, en todo el dinero que había ganado y en lo bien que le iba la vida.
-Puto ególatra- pensó.
Siguió despertando su interés, su comportamiento de sumisa le encantaba, por la cabeza de él se pasaba la imagen de Anaïs a cuatro patas, mientras se la folla sin miramientos…
-Se lo que piensas, cerdo.- En su cabeza el pensamiento de matarlo no paraba de dar vueltas y vueltas y más vueltas…
- ¿Me escuchas, preciosa?- Le dijo él. Anaïs se había evadido tanto que había perdido el hilo de la conversación.
-Sí, sí, perdona. ¿Qué me decías?-le contestó con una sonrisa dulcificada poniendo ojitos.
-Decía… -Carraspeó, mientras la acercaba hacía él. Y le susurró algo al oído.
“Has caído cerdo”
Ella le siguió, sabía que no podría dejar pasar la oportunidad de tenerla en sus manos otra vez.
Se dirigieron al hotel donde él se encontraba alojado, ella evitando en todo momento ser vista y cubriéndose el rostro de las cámaras.
Ya había estado en el hotel y reconocía todos los  puntos francos de mismo, así como la salida que ya tenía preparada. No dejaba nada al azar.
Él abrió la habitación, jactándose de que era la suite presidencial, de que les iban a subir el champagne más caro, etc...
Ella le siguió con su rostro angelical como mascara, ni un ápice de la mujer que es.
Empezó a manosearla, sin piedad…
-Espera, espera.- le dijo, agarrando sus manos.
Él resoplo contrariado.
-No pensarías que veníamos a tomar una copa, preciosa.
-Claro que no, pero he aprendido mucho estos años. Déjame a mí. Vas a disfrutar.
-Vale, vamos a ver lo que sabes hacer.- dijo, mientras se sentó en la cama, esperando, deseoso de meter su verga por su culo. No se le escapará, no.
Ella sonrío, y una sonrisa lasciva dejo entrever que esa noche le iba hacer disfrutar, su polla vibraba de necesidad, mientras la mujer frente a él se soltaba su melena que caía en cascada sobre su espalda.
Poco a poco se va quitando la ropa,  mientras dejaba caer el vestido al suelo y en ese instante a él se le abrió  la boca de par en par; no llevaba ropa interior, y su vulva estaba depilada y disponible, rosada…
Se removió inquieto en la cama.
-Venga, nena. Acércate.
-Paciencia. Vas a disfrutar como nunca.- “Y morirás”
Ella se dirigió a su bolso, cogió el carmín rojo y se pintó los labios. Él estaba empezando a inquietarse de tanto jueguecito.
La música volvió a sonar en su cabeza, esa melodía que le acompañaba siempre que mataba.
Se giró y su sonrisa era distinta, él se sintió por primera vez intimidado ante ella; sus ojos estaban oscurecidos, sus pupilas dilatadas. Caminaba desnuda por la habitación solo con sus tacones altos y su carmín rojo. Destilaba una sexualidad que no recordaba, su entrepierna apretaba contra su pantalón y se tuvo que colocar bien su miembro que le empezaba a molestar. Ella se humedeció los labios ante ese gesto, y él sintió que iba a explotar de un momento a otro.
-Nena, ya no puedo más. Quiero follarte.
Se acercó a él, un poco.
-Creo que te sobra ropa. Desnúdate.
Él no se lo pensó y se desnudo veloz. Enredándose entre los pantalones.
“Que penoso”
-Siéntate. –Le ordeno ella.
- Me gusta tu juego, nena.
Ella se acercó  y se arrodillo delante de él apoyando las manos en sus rodillas. Alzo el rostro y le sonrío.
Iba a ser una muerte lenta y dulce, primero dejaría el veneno en su polla. Su primer beso mortífero iría sedando poco a poco sus terminaciones nerviosas; dejándole expuesto a ella.
Se metió lentamente la verga en su boca, restregando bien el carmín por toda punta, dejando que el veneno se vertiera sobre ella…
-Sigue, nena. Lo haces muy bien.
Ella levantó la cabeza y miro a sus ojos, la mirada se clavó en sus pupilas, y por un leve segundo sintió que algo no iba bien y un escalofrío recorrió la piel del hombre.
Siguió lamiendo, degustando toda su longitud, atrapando con su boca su pene erecto, sintió la tentación de mordérselo y arrancárselo de cuajo, pero se contuvo. Tenía que tener calma, aun no acabado con él.
Él gimió, gustoso, deleitándose con la boca de la mujer.
-“Se ha vuelto una zorra de cuidado”- Pensó.
Cuando ella notó la primera humedad en la punta de la verga del hombre, supo que había llegado el momento, dejó de lamer su capullo y se levantó; exponiendo su dulce coño delante de sus ojos…
-Ha llegado la hora…- Él la observaba sin entender bien a que se refería.
Ella se alejaba dejando al hombre observando impasible, pensado que esa mujer no es la que era, y que estaba de lo más extraña.
-Ahora vuelvo, acomódate en la cama. Vas a disfrutar como nunca.
Él guiado por sus impulsos accedió a lo que ella le dijo; no pensaba perder la oportunidad de llevarse a casa un buen polvo, su mujer era una aburrida, y todas las veces que podía la engañaba, como esa misma noche cuando la mandó de vuelta a su otro alojamiento nada más ver a Anaïs.
Ella entro al aseo, unto su vulva con el veneno que llevaba en un recipiente en el bolso.  Ella es completamente inmune a él, el veneno de la viuda negra corría por sus venas, sin dañar  su cuerpo. Se pintó los labios de nuevo, y cogió el “pen” con la melodía. Al salir del baño se acercó al reproductor de música y lo encendió. La melodía inundo la habitación, mientras él la observaba desde la cama.
-Extraña elección musical para follar.- Le dijo, sin entender a qué venia esa música tétrica.
Ella sonrió socarrona:
-A mí me pone a mil…
Se acercó hacía él y se subió a la cama, se colocó encima, lo pensaba cabalgar  y quería ver como se desfigura su rostro cuando empezara hacer efecto el veneno.
Se empalo de un solo golpe, certero, y él emitió un leve quejido.
-Despacio, preciosa.-Empezaba a sentir algo de entumecimiento en sus músculos. No sabía que le pasaba, pero le podían más sus ganas de follar, y decidió no hacer caso a la sensación.
Ella se movía, encima de él, primero poco a poco; a la vez que iba restregando bien todo el veneno para que adentrara en su cuerpo, lentamente. Él atrapo sus pechos turgentes con sus manos y pellizco sus pezones, ella gimió.
Siguió moviéndose en círculos sobre él apretando con su vulva su polla, que palpita.
El contoneo de la mujer es embriagador, y él está disfrutando como un niño, ella subía y bajaba de él con un dulce movimiento, el seguía amasando sus pechos. Aunque empezaba a sentir que sus brazos pesaban.
Ella le observaba, sabía que su cuerpo estaba empezando absorber el veneno.
Una sonrisa desfigurada y perversa surgió del rostro de la mujer, él empezaba a sentir terror ante esa imagen que ya no era dulce, más bien, diabólica.
Intentó zafarse de la mujer, pero su cuerpo no respondía…
-Que me has…
No podía acabar la frase, le costaba vocalizar, y no podía mover sus miembros y la mujer extasiada al ver como empezaba a perder la vida aumento el ritmo de las envestidas, dentro y fuera, dentro y fuera; descontrolada con una furia desmedida que hacía que la cama golpeara contra la pared una y otra vez. El miembro del hombre dejo de irrigar sangre y flácido se salió del coño castigador de Anaïs. Ella se levantó, y admiro su obra, la cara desfigurada de él, estaba muriendo.
Se giró mirando hacia la ventana que dejaba ver una luna llena que abrazaba con su luz el bello cuerpo de Anaïs, se retiró su larga melena rubia y le mostró su viuda negra tatuada; esa era última imagen que verían sus ojos antes de cerrarse…
























































Nº registro: 1608048535417

















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