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sábado, 27 de agosto de 2016

LA ESCRITORA



Él deseaba conocer la esencia de la mujer que le atrapaba con mirada perversa, ojos añiles fríos como la noche, labios rosados en los cuales deseaba perderse, entre besos, y mordidas.
Quería llegar a comprender que era lo que la llevaba cada día a la misma mesa de la misma cafetería donde se pasaba las horas con un libro y una libreta, detrás de sus gafas, apuntando y debatiendo con ella misma.  Ensimismada en su mundo pasaba la tarde entre papeles y la música de sus cascos, casi ni se percataba cuando él llegaba y se sentaba en la mesa de al lado, admirándola, deseándola, sintiéndola.
Se había convertido en una costumbre extraña, cada día, misma hora, mismo sitio, mismas manías…
Tanto él como ella, cada uno con su ritual, él en su ensoñación de poseer su cuerpo y ella en su mundo de anotaciones. Porque escribía y mucho.
Ese día hacia más calor de lo normal, pero allí estaba, como siempre. Sentada, leyendo ves a saber el qué. Él se acomodó en la misma mesa, mirando directamente hacía ella mientras veía como se debatía entre papeles; tenía una manía de lo más excitante, se mordía el labio, y eso provocaba en él deseos de comerle la boca.
Ella seguía escribiendo, tomando notas embelesada en su mundo y a la vez él se debatía si acercarse a ella o no. Cambio de postura y cruzo sus piernas, ese gesto sensual que tienen la mujeres realizado por ella le atrapo, fue un movimiento lento, fugaz; sus piernas eran esbeltas y níveas no era mujer de tomar el sol y su piel era como el alabastro, su mano derecha paseo por su muslo una leve caricia que acompaño hasta su tobillo, mientras en el movimiento su falda se subió más de la cuenta y el diviso el tatuaje que dibujaba su piel. Se removió inquieto no podía apartar los ojos de ese contacto que ella realiza con su mano a sabiendas que él la observaba, no era la primera vez que se daba cuenta de cómo la miraba, ella era así le encantaba el juego de misterio de seducir de imaginar.
Lo observo como la seguía con la mirada sin poder apartar la vista de ella, lo había hipnotizado con esa  caricia en su piel, aparto la mano y se la llevo a sus gafas que bajo solo un poco, como esas secretarias que salen en las películas insinuantes, le miro y él se quedó perdido en sus ojos, ese azul le hipnotizaba; sonrío y le guiño un ojo a la vez que volvía a sus papeles.
Ella recogió sus cosas, él paralizado no supo reaccionar en el momento que sus miradas se encontraron y allí seguía, embobado y sin saber qué hacer.  Camino lentamente hacia su mesa.
-Cuando despiertes de tus ensoñaciones. Llámame.- Le dejo un papel, él seguía ensimismado y vio como ella se alejó a paso tranquilo calle abajo.
En el papel un número de teléfono y solo escrito; “Escritora”
Ahora todo le cuadraba con esa misteriosa mujer, ella escribía y de ahí los papeles y el rato que se pasaba en esa mesa sin hablar con nadie.  Sumida en su mundo de letras.
Tardo dos días en llamarla, allí estaba sentado en el mismo café de siempre esperando a que ella llegara.
Apareció por detrás de él, insinuante, despacio se acercó y rozo con una leve caricia su hombro.
Él se sobresaltó, se giró y vio a su ángel, iba vestida como siempre con ropa cómoda, pero no por eso dejaba de estar preciosa, por lo menos él la veía así.
-Ven- le dijo sin más
-¿Dónde me llevas?- Pregunto extrañado.
-Al cielo- Contestó, y sin más le cogió la mano y se lo llevo calle abajo, en la misma dirección donde iba ella siempre.
Anduvo detrás de ella, dejándose llevar por la musa de ojos azules sin saber bien lo que esa mujer pretendía y subió con ella hasta la que creía que era su casa, ya que ella no había vuelto a decir palabra alguna desde que habían salido del café.
-Siéntate.- Le ofreció su sillón y ella despareció.
Él miraba en todas direcciones, el espacio no era muy grande, al lado de la mesa un escritorio antiguo con una máquina de escribir tipo Olivetti dejaban entrever la profesión de la mujer. Todo decorado muy dulcemente, en tonos pasteles y objetos quizá de sus escapadas que le hacían entrever que probablemente había viajado bastante.
No tardó en aparecer con un precioso kimono azul que hacían juego con sus ojos, él admiro las piernas de la mujer tatuadas por bellas flores de cerezo, un tatuaje que parecía no tener fin.
Se acercó  y se sentó a horcajadas  sobre él…
-Shhhh, no hables. Ya tendremos tiempo.
No dijo ni una sola palabra estaba atrapado por esa mujer. Ella empezó a besar su cuello mientras su mano se perdía desabrochando su camisa.  A la vez acompañaba sus besos  rozando su sexo contra el suyo, en un sutil y dulce movimiento que le ponía nervioso, pero a la vez le excitaba. Era tan sensual.
Le quito la camisa de un solo gesto y le sonrío, a través del kimono de ella él pudo vislumbrar que no llevaba nada y el montículo de su pecho asomaba pidiendo a gritos que lo atrapara entre sus dientes.
-Hazlo- Le dijo ella. Como si hubiera leído su pensamiento.
Él no pudo más que aceptar su invitación, deslizó la tela para dejar al descubierto sus pechos que admiró durante unos segundos para después meter su pezón en su boca y lamer  mientras con sus manos masajeaba sus turgentes pechos, ella gimió y arqueó la espalda entregándose al placer. La bata se abrió más dejando ver su sexo depilado y  parte de ese tatuaje que le volvía loco. La atrapó entre sus brazos, sin poder aguantar más el deseo que le poseía desde las entrañas y la levantó aguantando su peso, ella se enredó en su cintura; dejándose llevar hasta la primera pared que encontraron.
La empotro directamente y la bata cayó dejando al descubierto sus hombros, a lo que él embriagado por su piel, besó. Siguió por su cuello, lamiendo y besando hasta por fin conseguir alcanzar los labios del pecado que lo tenían trastornado. Se lanzó a comer la boca de la escritora con un afán increíble, seguramente dejaría sus labios hinchados y sonrojados; pero ciertamente le daba igual, el deseo se había desatado.
La apoyo en el suelo, y se deslizó por su cuerpo besando cada rincón que encontraba a su paso, dejando su piel marcada, ella gimió.
Se arrodilló ante ella, postrado a sus pies mientras admiraba su sexo. Él le abrió las piernas de golpe haciendo que a ella se le escapara un leve gemido desbocado, paso sus manos por dentro de sus muslos hasta llegar a su oquedad húmeda, con una mano abrió esa delicia, ese pecado carnal y con la otra ahondó dentro, metiendo dos de sus dedos mientras su lengua juguetona le daba placer y sus dedos marcaban el ritmo; ella sentía como las piernas le flaqueaban, se apoyó con sus manos en la pared dejándose llevar por el cumulo de sensaciones que él le provocaba.
Cuando ya no pudo más explotó dejándose guiar por el clímax, mientras el bebía su esencia y la dejaba desprovista de fuerza alguna; la sostuvo entre gemidos y temblores para llevarla a la cama y dejarla tumbada. Mientras se desnudaba, ni una palabra, solo sus miradas diciendo todo lo que tenían que decir.
Él  atrapó su rostro entre sus manos y le beso dejando en sus labios el sabor de su sexo, ella aún seguía excitada y necesitaba más. Sin previo aviso coloco sus piernas sobre sus hombros y de una sola embestida certera y salvaje la penetró, llegando tan dentro de ella, que el placer se le activo de golpe y un calor abrasador poseyó su cuerpo. Las embestidas en esa posición eran tan profundas tan certeras que su cuerpo se estremecía; él la poseía de una manera salvaje, brutal, empalando su verga en su sexo mientras con su otra mano seguía estimulando su clítoris. Sudorosos se dejaron llevar por el éxtasis que les produjo llegar los dos a la culminación, entre los espasmos de ella y los de él, agotados, se dejaron caer el uno al lado del otro en la cama.
Bernice se encendió un cigarro, leyó lo que había escrito hasta el momento y recogió los papeles de la mesa, mañana seguiría.

Se apoyó medio desnuda en la ventana y dejo volar su imaginación.

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