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sábado, 17 de septiembre de 2016

MIA Y CALEM, Dos mundos distintos unidos en la bella Toscana.



Capítulo 1

Para ella ese día iba ser ciertamente una pesadilla. Se tenía que enfrentar a la dura realidad de que sus caricias y sus besos no eran de ella. Toda una vida amándole, toda una vida esperando a que él se decidiera y ese día todo acababa. Todo sería parte del pasado de un recuerdo y de unos sueños no compartidos. Él la adoraba, la idolatraba y quería, sí. Pero no de la manera deseada por Mia y él volvía de nuevo a su pueblo a su tierra de sol y pasión, pero no solo pues su mujer le acompañaba. A ella le había dado todo su amor, el que ella anhelaba. Con lágrimas en sus mejillas se perdió por los campos cálidos de la Toscana. En busca de la paz que calmase su pesar y ese dolor desgarrador.
Tenía que estar lista en unas horas. Los preparativos de la fiesta de bienvenida para los recién casados estaban ya en marcha no habían escatimado para el hijo prodigo del pueblo, el que triunfó allí donde muchos ni se movían. Como Mia.
Montalcino era pequeño con tan solo cinco mil habitantes. Pero rodeado de gran belleza y campos de preciosos colores al despuntar el alba y por supuesto una de las paradas vinícolas por excelencia en la maravillosa Toscana. Mia nunca había querido abandonar el pueblo, creció allí se crío en el y acabo regentando el pequeño pero espectacular hostal que hacía la delicia de clientes extranjeros. Sin embargo Alexandro fue todo lo contrario se marchó para acabar siendo un preciado cirujano y según decían se había casado con una inglesita de lo más estirada. Mia no entendía nada de aquello, sus mails, sus llamadas ardientes le hacían pensar que ella sería siempre la mujer de sus desvelos. Pero un día dejó de escribir y las llamadas se espaciaron en el tiempo hasta casi ni recibirlas y ese fue el principio del fin.
Se vistió con su vestido rojo preferido que sobre su piel tersa y bronceada  que se veía resplandecer,  soltó su melena castaña que casi rozaba la parte baja de la espalda, esa donde se perdían los  ojos de un hombre. Casi sin maquillaje pues no lo necesitaba. Quizá un poco de brillo de labios para resaltar esa boca carnosa como el pecado, por la cual muchos bebían los vientos. Salió de allí orgullosa de ser quien era. La sangre italiana de sus venas se activó y su carácter mediterráneo se hizo notar a cada paso que daba con ese sublime  movimiento de caderas que de seguro ninguna inglesa podría superar por mucho que se lo propusiera. Curvas y más curvas se dejaron ver por la calle central del pueblo en dirección a la plaza mayor. Quienes la conocían sabían que Mia iba en son de guerra y quien no tenía el gusto acababa hipnotizado ante tales contoneos ardientes y desprovistos de vergüenza alguna. Muchos la asemejaban a la gran Sofía Loren…
Llegó al punto de reunión y vislumbró a Alexandro con la que tenía que ser su mujer. Una chica menuda de piel blanca como el alabastro pelo dorado como el trigo y unos ojos azules como el propio mar Mediterráneo  y entendió como su amigo se había enamorado de ella. Respiró y decidió por él y por su amistad aceptar su destino, aunque ese fuera el no estar juntos. Ella mejor que nadie sabía que el destino jugaba sus cartas y estas estaban sobre la mesa. Ya nada tenía sentido y debería de seguir su vida como siempre había hecho. Quizá acabara casada con Lucas el tendero o a lo mejor con Antonio el panadero pero de cierto es que Alexandro ya no estaba a su alcance.
Alexandro se giró en cuanto todas las miradas se dirigieron en dirección a Mia. Ella intentó calmar su ansiedad y retener sus lágrimas, aunque el dolor se podía ver en sus ojos. Él  le dijo algo a la mujer y ella asintió con la cabeza, dando su consentimiento. Avanzó a paso calmado y pausado hasta donde ella se encontraba mientras todas las miradas le seguían. Mia a su vez avanzó hacia él con el alma compungida, con el corazón en un puño y con la clara realidad  de que lo había perdido…
Quedaron a unos milímetros el uno del otro, mirándose. Sin saber que decirse y alrededor suyo el silencio y las miradas le hacía sentir aún más la necesidad de escapar de allí. De no ser el punto de mira de unos ojos que no eran los suyos. Él le sonrío pero su sonrisa  fue efímera, melancólica como el momento. La hora había llegado. Era el momento de despedirse, Mia no respiraba esperando las palabras que no llegaban. Agarró su mano y beso dulcemente su mejilla. El silbido del viento acarició sus oídos… Sin palabras, solo el silencio de unos ojos que lloraban.
- Lo siento. - Dijo por fin. Ella lo observó y sin poder contener las lágrimas huyó…
Él la observó alejarse con lágrimas en los ojos. Su decisión estaba tomada. Por cosas de la vida sabía de cierto que no podían estar juntos y con el pesar de su corazón había tomado por los dos la mejor decisión. Quizá equivocada, eso ya no lo sabrían. Él y su carrera su vida en Londres su forma de vivir, nada de eso daba cabida a una Mia que jamás abandonaría el pueblo, una mujer con garra, fuerza y carácter. Ese que él no necesitaba a su lado.
Mia corrió como si alguien le persiguiese y no paro hasta que sus piernas casi no la sostuvieron. Llegó a un claro donde se sentó desde allí podía ver los viñedos que se teñían de otoño, con naranjas, rojizos, ocres y marrones.  El sol empezaba a esconderse tras las llanuras dejando caer sus últimos rayos postrándose en la tierra y dejando de tras de sí las sombras que traerían a la noche. Ella recordó algo que le decía su abuela.
A los antiguos les daba pánico la puesta del sol. No me extraña. ¿Y si no volviera a salir? ¿Si se fuera para siempre dejándonos en la oscuridad?”
Alguien se acercó y observó  a la mujer. Admiró durante un rato su cabellera mecerse al viento y apreció la bella silueta y el olor que atraía la leve brisa. Se acercó a ella. Mia levantó el rostro al ver unos pies parados cerca de ella: tuvo que levantar el cuello bastante para alcanzar  el rostro del extranjero. Era pelirrojo, llevaba barba de días y el pelo suelto, solo una trenza menuda en el lado derecho anudada con un cuero marrón remataban el extraño peinado que no era típico de su tierra. Vestía con una camisa sencilla blanca y unos jeans que se amoldaban a sus piernas, era alto y fornido. No recordó haberle visto por el pueblo…
- Te importa si me siento aquí - Le preguntó el extranjero.
- ¡Claro! Siéntate y disfruta del bello atardecer de la Toscana- Le respondió con hospitalidad.
- Gracias. Me llamo Calem ¿Y tú?
- Mia. ¿No te he visto por el pueblo?
- Hemos llegado hace unas horas. Mi hija y yo.
- ¿Vacaciones en familia?
- Algo así…
Mia notó tristeza en el timbre de su voz y no quiso profundizar más en la conversación. Los dos se quedaron en silencio viendo juntos como el atardecer daba paso a una noche estrellada e iluminada por los bellos rayos de una luna completa y en todo su esplendor. Ella se levantó, sacudió su vestido y miró de soslayo al pelirrojo que seguía sumido en una profunda tristeza…
- Tengo que irme. ¿Quizá nos veamos por el pueblo?- Él levantó levemente la vista hacia ella…
- Por supuesto. Y gracias por la compañía.
- Creo que los dos la necesitábamos…
Sin más tomó el camino que le llevaría a su pequeño hostal. Antes de perder de vista al extranjero se volvió a girar: observó como el viento mecía su cabello y sin darse cuenta  dejó escapar un leve suspiro…


















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