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martes, 4 de octubre de 2016

ATADA













Creo que tengo una fuerte perversión a las ataduras o denominado y conocidos por todos como “Bondage” Hace unos meses ya dedique una sección el mi blog, hoy será relato.

Alexia se levantó esa mañana con la misma sensación de desidia que dominaba su vida. Pero esa noche todo iba a cambiar, por fin había decidido hacer realidad su fetiche más oscuro y perverso. Esa noche iría a ver una sesión de Shibari, arte de atadura.
 Le había costado convencer a su mejor amiga Cata, en lo referente al sexo ella era más comedida, sin embargo Alexia tenía muchas inquietudes no satisfechas. Llegaron al local.
Lo primero que le llamo la atención fue el público que allí se encontraba, no es que fuese extraño, hombres y mujeres de a pie. Era quizá lo que desprendían en sus roces, miradas. Las mujeres con faldas de tubo y tacones, los hombres unos más arreglados que otros, pero su manera de observar a las dos mujeres le resulto atrayente y a la vez perturbador, Cata se percató de lo mismo…

-          ¿A dónde me has traído?- le dijo con cara de circunstancias.


-           Yo no veo nada extraño, Cata. – Mintió.

-          – No me gusta cómo nos miran, ¿Y si nos vamos?


-          – Puedes irte si quieres, yo me quedo.- Le dijo molesta.


-          Vale, vale. No te voy a dejar sola.



Las dos mujeres se acercaron a la barra a pedir algo para tomar, el espectáculo empezaría en un rato, el lugar era un club cualquiera (o eso creía). 
Un escalofrío recorrió su nuca, allí estaba él al final de la barra hablando con una mujer y observándola a ella por encima de hombro de la otra, era alto, mucho. Sus ojos de un marrón normal, típicos, pero su manera de mirarla no lo era. Se sintió desnuda ante él y su sexo se humedeció, tuvo que removerse en el taburete y cruzar las piernas ante el dolor que empezó a sentir, él le sonrío de manera lasciva sin dejar de observarla y sus ojos se dirigieron a su sexo. ¿Lo sabía? Se sintió invadida, poseída, y decidió apartar la mirada. Nunca le había pasado nada igual, y temerosa optó por centrase en lo que Cata le estaba diciendo, aunque sinceramente no entendía nada. Su mente estaba en otro lugar.
Con sus copas en la mano se fueron a sentar en una de las mesas que se encontraban cerca del escenario, Alexia no quería perderse nada del espectáculo.

-          ¿Me gustaría saber por qué esta obsesión con las ataduras? No lo entiendo- La pregunta de su amiga le devolvió a la realidad.


-          A ver, como te lo explico. ¿Por qué resulta erótico inmovilizar o restringir el movimiento? Para la persona atada, el efecto es en parte físico: la presión de las cuerdas sobre puntos sensibles y zonas erógenas, el roce que puede ser suave o áspero según el tipo de cuerda… En una suspensión entra en juego la ingrávida sensación de volar y perder los referentes; en una atadura sobre tatami o una cama, el sentirse manejada, empujada, acariciada por las cuerdas. Los efectos psicológicos son potentísimos y a veces contradictorios: el chorro de adrenalina al sentirse indefenso y a la merced del atador, frente a la relajación y confianza de saberse en buenas manos y poder librarse de toda responsabilidad y vergüenza, atar fuertemente es abrazar… Las cuerdas se convierten en una extensión de los dedos del atador. Eso es lo que yo percibo, al mirar fotografías o al ver vídeos de la técnica.

-          ¿Y tú, te dejarías atar? – Le inquirió con asombro.

-          A mí también me gustaría saber esa respuesta…- Una voz masculina a su espalda la dejo paralizada, y esa sensación de hacía unos minutos volvió aparecer. Tuvo que tragar saliva, antes de girarse para averiguar a quien correspondía esa voz grave. Aunque se lo imaginaba. Era él.

-          ¿No cree usted, que se está metiendo en una conversación que no le incumbe? – le sugiero Catalina al desconocido que no quitaba los ojos de Alexia.
Alexia le dio un leve golpecito en  la rodilla a su amiga…
-          
      – No lo creo, señorita. – le respondió sin apartar su mirada inquisidora de ella.


-         –  ¿Por qué le interesa? – le dijo ella intentando no apartar la mirada de él, aunque le costaba trabajo sostenérsela.

Las luces se apagaron y una música sensual empezó a sonar, el espectáculo estaba a punto de comenzar…

-          Me gustaría que  luego me contestases.- le dijo sin más y se marchó a su lugar en la barra. Sin dar opción a ella a responder.






Ella se centró en el maravilloso espectáculo que tenía frente de sí, mientras su amiga observaba confusa  con la boca abierta lo que para ella seguramente sería una aberración, para Alexia era pura belleza.
El espectáculo acabó y  se quedó con la sensación de querer ser la mujer que había sido atada. Su amiga estaba deseosa de salir de allí. No le gustaba el sitio, y conforme se hacía más tarde la fauna del local se estaba empezando a tornar cada vez más extraña.
Volvió a sentir un escalofrío recorriendo por su columna vertebral, se giró, y allí estaba otra vez sin quitar sus ojos de ella. Observándola, retándola,  Cata le estiraba para salir de allí y ella tenía la necesidad imperiosa de acercarse a él.

-        –  Vayámonos, ya. No me gusta el sitio. – volvió a inquirir la amiga.


-        – Coge un taxi, fuera. Yo me quedo. – Cata no salía de su asombro, su amiga estaba completamente loca. Vio salir de una habitación un hombre que llevaba a una mujer con un collar del cuello, paseándola como si fuera un perrito. Su perrita.


-Catalina, dio un respingo y golpeó a  Alexia que seguía absorta en el arco de la mirada de aquel hombre…

-         - ¿Has visto? ¿Dónde demonios me has traído?
-         
      -¡Catalina! Deja de dar la vara. Vete para casa. Yo estaré bien.

Dejo a su amiga con la boca abierta y se dirigió hacia la barra donde estaba el hombre misterioso, el que le atraía sin poder remediarlo.
Cuando llegó a su altura el caballero le cedió el asiento de su lado, mientras se mantenía de pie observándola.
-        
             ¿Quieres que te responda a la pregunta? – Le dijo.


-           Quizá te deberías preguntar, ¿Es de verdad lo que quieres o sientes curiosidad? -  No le gustaba demasiado que le respondieran con otra pregunta. Le ponía nerviosa.
-         
      – Si no querías que contestará no sé para qué me lo has preguntado. – Respondió molesta.


-         –  Ummm, La gatita  saca sus zarpas… ¿Quieres sentir lo qué es que te aten? Yo te lo podría enseñar. ¿Pero sabes lo que eso significa? Creo que no sabes dónde estás…


Alexia observó a su alrededor y de golpe vio todo con claridad, donde antes estaba el escenario ahora habían dispuesto una cruz de san Andrés (O así creía que se llamaba)  Vio a un  hombre pasear a una mujer a gatas mientras tiraba de ella con una correa, como si de una perrita se tratara. Sus ojos se abrieron como platos, cuando vio como un hombre empezaba atar a una mujer en la cruz. “¿Dónde se había metido?”…

Él le agarró del mentón y le obligó a mirarle.

-           – No te preocupes, no te va a pasa nada. Puedes estar tranquila tomando una copa. No mordemos… Aún.- La inseguridad de Alexia, y su pavor se hizo evidente.


-          – Quizá será mejor que te marches. A lo mejor no es tu lugar. – Pero en el fondo, ella no lo tenía claro.
-          Prefiero quedarme, si no te molesta mi compañía.

-          – No me molesta. Mi nombre es Damian ¿El tuyo?
-          Alexia.
-         – Encantado. ¿y dime, como has acabado aquí?


-          – He venido a ver  Shibari. Me apasiona el bondage.


-          – Ummm. Interesante. ¿Lo has practicado?


-          – No – Empezaba a sentirse ridícula, seguramente se pensaría que era una ignorante  aburrida. Ese no era su lugar. Quizá lo mejor fuera marcharse.
Como si él se hubiera percatado de su malestar se acercó a ella, tan cerca que pudo sentir su aliento en su cuello.
-         
      – ¿Quieres probar? Puedes ser mi maniquí. Creo que te verías preciosa atada.
Alexia sentía emociones contradictorias, por un lado por fin podía hacer su fantasía realidad. Por otro lado, ¿Sabia donde se metía?

-          ¿Eres un Dom? – Seguramente la pregunta era de lo más idiota. Pero se la tenía que hacer. La curiosidad podía con ella. Él soltó una carcajada. Y ella se volvió a sentir fuera de lugar. ¿Qué estaba haciendo?

-          – Sí. Soy un Dom. ¿y tú, eres una sumisa?

-        –  Nooo. – Dijo como si le hubiera preguntado la mayor tontería del mundo.

-         – Entiendo.  Una pena, estaría encantado de atarte y de que fueras mía.

Por la cabeza de ella se pasaron los sueños recurrentes y esa necesidad de sentir ese cautiverio esa inmovilización, era una verdadera locura, ni tan siquiera conocía al tipo que tenía frente de ella y era un Dom, que sabía ella ciertamente de los dominantes. Sí claro como todas las mujeres del país habían visto 50 sombras de Grey, pero sabía que eso no tenía nada que ver con lo que estaba viviendo en ese momento en ese local, al que había ido a parar por su loca cabeza. Él seguía observándola sin dejar de clavarle esa mirada posesiva. Expectante.

-         ¿Y qué me harías? – le preguntó intrigada por lo que ese hombre le ofrecía.

-         – Eso no necesitas saberlo. Con que confíes en mí es más que suficiente. – Su manera de hablarle era cautivadora, relajante, tranquila o por lo menos así lo sentía ella. Ya no sabía ciertamente si ella misma se estaba auto convenciendo…
-         
      – Es difícil confiar en alguien a quien no conozco.

-       –    Se trata de eso, y si me das tu entrega y tu confianza yo la atesoraré, eso no lo dudes.

Su mente funcionaba a una velocidad superior a la normal, si, no, si, no…

-          – De acuerdo. – le dijo a media voz. Él la miro con una sonrisa lasciva y un brillo especial en sus ojos. Ella agachó la cabeza avergonzada por lo que iba hacer.

-         – Esto no funciona así, preciosa. – Le dijo sonriendo.

-          ¿Y cómo funciona? Me estoy empezando a sentir ridícula, no sé si va a ser una buena idea.

-        – No te sientas ridícula, yo te lo explico y tú decides. Solo tú puedes decidir si ser o no mi sumisa.
-        
         –   De acuerdo. Explícate.

-         – Me lo tienes que pedir tú, si de verdad quieres ser mi sumisa. Y desde que yo lo acepte o no, desde ese momento, te dirigirás a mi como “Mi Señor” y me hablaras de usted.
Te irás a una habitación que yo te indicaré, te desnudaras, te dejaras solo los tacones y me esperaras de rodillas y con la cabeza agachada, mirando al suelo. Y lo primero que me dirás cuando te dé permiso para levantar será: “Soy tu puta y tu perra”.Eso es lo que tienes que hacer. Es tu decisión, Alexia.

Sus palabras resonaron en su mente una y otra vez, se quedó en silencio mientras la noche avanzaba, a su alrededor una escena tras otra le hacían meditar en lo que estaba dispuesta hacer. ¿Tenía alma de sumisa? ¿Podría entregarse de esa manera tan poco convencional? Él seguía observándola, comentando dudas que le surgían, en si esa noche solo haría bondage con ella, y si decidía seguir con su relación D/S tendrían que hablar de muchas cosas antes de dar paso a otra sesión más. Era esa noche. En su mano estaba.

-         – ¿Puedo ser su sumisa, Mi Señor? – no sabía de donde había salido su voz, ni como se había atrevido a decírselo. Él la miro y sonrío.

-          – Será un honor. Dirígete aquella puerta de allí – le dijo señalando un pasillo y una puerta – Y espérame como te he dicho. – El corazón se le iba a salir del pecho, un sudor frío recorrió su espalda y palideció. – Siempre puedes optar por no hacerlo, tranquila- Le dijo él, al ver el miedo en sus ojos.
-        
         – Si Mi Señor. – Alexia ya no se lo pensó más y se fue camino de la habitación. Abrió la puerta y se encontró con una estancia normal. Una habitación de un hotel cualquiera.  Se desnudó. Se puso como él le dijo.
      La posición era incomoda, sentía sus piernas adormecerse, las rodillas doloridas por estar clavadas en el suelo y el tiempo parecía haberse ralentizado y que no pasará ni los segundos, ni los minutos.Oyó la puerta y su primera reacción fue casi levantar la cabeza, pero logró mantenerse así mientras oía los pasos de él por la estancia. La tuvo así un buen rato.

-        –  Puedes levantarte. – Dijo en un tono seco y tajante.

-          Si Mi Señor. – contesto ella.

-        – Sí, Mi Señor. ¿Qué? – le inquirió. Alexia pensó un momento a que se refería. Y recordó.

-          – Soy su puta y su perra.

-         – Muy bien, perrita. – le respondió. Se sentía extraña con ese trato, pero su sexo se había humedecido.

Las sensaciones las sentía arremolinadas por la descarga de adrenalina invadiendo su torrente sanguíneo, con el deseo de huir o salir de allí como un animal herido, estaba indefensa y a merced de lo que él fuera hacer. 

-         – Ven aquí, le dijo. Acércate.

Ella obedeció y él toco su sexo con su mano.

-         – Estas húmeda, perrita. Muy bien. Túmbate en la cama.

Alexia sin decir nada se dirigió a la cama, con su sexo rezumando el líquido viscoso que se deslizaba por su entrepierna.

Se dejó hacer y él empezó a inmovilizar su cuerpo con unas cuerdas que ella sinceramente no sabía de donde había sacado. Se dejaba llevar sin más, parecía una muñeca de trapo anudada, no sabía cómo la ataba. Era muy hábil y rápido con sus manos.  Las sensaciones empezaron a pasar factura, emocionalmente sintió entrega y sumisión pero a la vez su respuesta primitiva era defenderse, huir, eran unos impulsos contradictorios que en sí daban igual, estaba atada y poco podía hacer.  Se quedó completamente atada y expuesta a él. Mientras la observaba.
No sabía que iba a pasar, que le iba hacer. Ella ya no era dueña de su cuerpo, era él.
En silencio él se acercó al rostro de ella, cerca de su oído…
-          
     – No solo quiero follar tu cuerpo, quiero follar tu mente.

Esa frase se le gravo a fuego. Sintió un escalofrío recorrer por su columna y un leve sudor perlado recorría su frente. Se exposición a él era completa, las piernas atadas a la cama, los brazos de la misma manera, y la cuerda anudada a su cintura y pasada por su sexo, esa fricción le iba a matar. Su sexo abierto. Solo para él, para sus ojos.
Empezó a rozar levemente su sexo con la cuerda mientras sus dedos se adentraban en ella de manera salvaje, sintió dolor, ganas de llorar, de salir de allí. Él iba observándola. Sin perder de vista las reacciones de ella. Le recordó su palabra de seguridad, que anteriormente habían consensuado, ella asintió e intento relajarse. Él siguió adentrándose en su coño mientras la cuerda castigaba su clítoris. Dolor, placer, dolor, placer, placer, placer…placer.

Había cambiado el ritmo de la penetración manual, ya no sentía dolor, podía notar la humedad resbalar, como sus paredes vaginales se contraían, el calor en la boca del estómago, un leve cosquilleo. Y paró.  Frustración.

Ni tan siquiera le hablo, y empezó a comer su coño sin darle respiro. Le dolía todo el cuerpo quería que acabará pero a la vez no quería. Sentía como ahondaba con su lengua dentro de ella, el dolor de su sexo era insoportable, él seguía con su castigo absorbiendo de ella todos sus fluidos vaginales. Su sexo empezó a convulsionar ella no podía liberarse, no podía moverse, y él no paraba… Entre espasmos se corrió, sufriendo y disfrutando. Y él no paraba, deseaba, quería que dejara de lamer su coño, necesitaba un descanso, aire, aire, le faltaba el aire… Otra vez de nuevo, calor, calor, y espasmos. Su sexo volvió a contraerse de nuevo, no se lo podía creer, gemía, gritaba. Y otro orgasmo le atravesó el alma, sin poder evitarlo.

Ella no se percató de cuando paro, ni de cuando le quitó las cuerdas, estaba agotada, extasiada.
Simplemente oyó el leve sonido de su voz y unos brazos que la abrazaban.


¿Y Volvió a ver a ese Dom?


¿Qué creéis?




















3 comentarios:

  1. Una experiencia muy excitante. Enhorabuena por el blog, Bernice.

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  2. ME QUEDE SIN PALABRAS...................QUE FANTASTICO

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