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jueves, 17 de noviembre de 2016

Le petit mort

Me pierdo en tu torso, dibujando con mis dedos una constante, así, entre risas.
Estamos solos en la oscuridad de nuestra habitación, abrazados, acompasando el latido de nuestros corazones.
Solo la leve luz de la luna ilumina nuestros cuerpos desnudos y el brillo del sudor todavía brilla en nuestra piel. Puedo oírte respirar pausadamente, tranquilo, quizá estás entrando en esa dulce duermevela. Descanso mi cabeza sobre tu pecho, aspirando el aroma que desprendes, nuestro aroma entrelazado de después del sexo. Vuelvo a suspirar sin querer pues tu mano roza mi apacible muslo, en un leve y dulce vaivén que exalta de nuevo mis sentidos. Despertando y encendiendo el deseo consentido. Mi mano acaricia tu torso, también Son movimientos lentos, los nuestros. Invocando de nuevo a nuestros demonios, pero esta vez de manera calmada. Tu sigues en mi muslo, pero ya tu mano se acerca peligrosamente a mi nalga y en ella se entretiene un rato, leve, pausado, erizando mi piel de nuevo, despertando terminaciones nerviosas, esas que empiezan a humedecer de nuevo mi sexo, y tú lo notas pues mi  entrepierna está apoyada en tu muslo, pero no dices nada. Sigues acariciando y yo sigo gozandome a ti. Nuestra respiración empieza de nuevo a elevar su ritmo, nos agitamos y siento tu persistente aliento en mi nuca, mientras despacio, apartas mi pelo. Y posas un beso plácido y dulce en mí. Con tu fuerza me pones sobre de ti. Nos miramos, inquiriendo con nuestros ojos, buscandonos de nuevo como lobos hambrientos. Un solo acercamiento y nuestras lenguas ya están unidas en un remolino de saliva. Me elevas un poco hasta que estoy encima tuyo, sentada. Noto tu verga pulsar contra mí. Me sonries, te sonrio. Y de un solo movimiento, lento, calmado, me asiento. Adentrando tu sexo en mí, notando el roce en mis paredes que te quieren aprisionar de nuevo. Empiezo un vaivén lento, que tú acompañas con tus manos en mi caderas. Poco a poco, sintiendo cada sensación placentera, queriendo alargar cada entrada en mí, cada salida. Como si perdiéramos la fuerza, pero exaltando cada jadeo, cada gemido, cada suspiro con una suavidad delicada y dolorosa. Hasta que el brío de tu hombría ya no soporta tanta placidez y aumentas el ritmo de mis caderas haciendo que cabalgue sobre ti como si fuera directa al horizonte de una puesta de sol. Esa que nos hace deshacernos de placer. Alcanzando de nuevo y por unos segundos.. “Le petit mort” en tus brazos.
Suspiros, besos...dormimos.

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