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viernes, 2 de diciembre de 2016

El asesino ( Solo para mentes oscuras)








“No recuerdo desde cuando hablo conmigo mismo, quizá desde siempre, tal vez desde el día que me dijeron que mis tics me dejaban inservible para seguir practicando la medicina, años y años ayudando a personas, salvando vidas y me daban una puta patada en el culo ¿Inservible? Cerdos arrogantes. Era, soy, el mejor cirujano de la ciudad. El mejor con el bisturí. Admire de nuevo mi obra, valga la redundancia era un dios, y quería llegar más lejos. Ni tan siquiera la policía daba con un perfil psicológico correcto ¡Imbéciles! Como iban a sospechar de una eminencia retirada como yo, con tan solo cuarenta años había dejado el listón muy alto, ¿Tics? Me río en su puta cara y les escupo.”


Click,click,click 123456789 click,click,click. Se repetía una y otra vez en su cabeza. Hacia dos meses desde su última presa. Pero su enfermiza mente estaba ideando un plan. Sentado en la penumbra ideaba la manera de llevar acabo su obra maestra. Se sentía solo, y su mente le jugaba malas pasadas. Dejar de tomar la medicación no había sido la mejor idea. Sus alucinaciones empezaban a ser constantes. Ni el mismo entendía  a veces porque de repente se encontraba hablando con una calavera, era su mejor amigo. Una compañía extraña, cierto. Pero ni le contestaba, ni le llevaba la contraria. Solo le observaba desde esas cuencas ennegrecidas, vacías y sin vida. Huesos, eso era. Pero él se sentía bien  explicándole sus planes.
El olor a formol casi se hacía insoportable al igual que la extrema pestilencia que emanaba de la habitación. Había decidido hacer un cuarto en el sótano. Un lugar cerrado  donde pudiera tener a sus víctimas y trabajar con ellas tranquilamente. El riesgo de despellejar a alguien en la calle era cada vez más inminente. La policía y el F.B.I estaban en alerta roja. Le buscaban y no podía cometer ni un solo error. Por eso se había decidido a limpiar la planta de arriba y trasladar su santuario.
El constante canturreo en su cabeza se repetía una y otra vez mientras en la tenebrosidad del sótano iba preparando lo que sería su santuario. Click, click, click 123456789 Click, click, click.
Puso música, esa canción que sonaba en la mente. Un constante y repetitivo tic acompañaba su ojo, su mano temblorosa sujetaba las piezas con cariño. Las iba bajando una a una colocándolas con una obsesión desmedida. Necesitaba que todo estuviera perfecto no solo para la vista, más bien para su mente infectada de contrariedades. Nueve, nueve veces subía y bajaba las escaleras, con las mismas piezas una y otra vez, una y otra vez. La canción lúgubre se repetía en el viejo tocadiscos, con ese sonido rallante que volvería loco a cualquiera. Los violines ya no sonaban armoniosos, el disco presentaba un desgaste considerable de tantas veces que se repetía, una y otra vez, una y otra vez. Sube, baja, sube, baja y ese constante Click, click click 123456789 click, click, click acompañaba ese inquietante tic en el ojo que conforme avanzaba el día se le empezaba a trasladar a las terminaciones nerviosas del cuello. Una reiteración enfermiza insostenible a los ojos de cualquier persona normal, un espasmo continuo, nueve veces a un lado otras nueve al otro. Y el incesante Click, click click 123456789 click, click, click dentro de su cabeza demente.                 Tardaría días en tener listo el infesto sótano a ese paso. Pero para él era necesaria toda esa parafernalia mental. Su psicopatía se acrecentaba por momentos, mientras gestaba el plan perfecto. Su polla erecta pulsaba contra su pantalón mientras sus manos sostenían la piel de la última mujer asesinada. Era tan bella, tan joven, pura, nívea, como a él le gustaba. Se la acerco a su nariz para oler la esencia que su mente retorcida aun creía que emanaba esa piel sin vida. Era repulsivo comprobar como su excitación crecía por momentos frente a los fragmentos sin vida de las mujeres, pero en su mente esas pieles formaban parte de su hembra ideal. Se masturbaba como un cerdo delante de ellas, con la polla en su mano iniciaba un ritual doloroso. Nueve veces se tenía que masturbar antes de dejar que culminara su orgasmo, no sería la primera vez que dejaba su pellejo casi sangrante. Pero el disfrutaba  y alcanzaba el clímax contenido con sonrisa maliciosa y demente, riendo a gritos.
Pocas semanas quedaban para poder gestar su perverso y enfermizo plan.
Disfruto el momento, se subió los pantalones  y decidió que era hora de descansar. La noche había caído sin casi darse cuenta…

Bernice Oscura 


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