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martes, 24 de enero de 2017

Despertando al Dragón







Ella, mujer de piel canela, tersa, reluciente como las estrellas, con ojos verdes 
esmeralda, pelo negro como el azabache y larga cabellera que rozaba 
insultante sus nalgas a cada movimiento que grácil realizaba. 

Él, hombre rudo, de gran cuerpo, manos grandes y ojos oscuros como la
 propia noche, su voz rasgaba las entrañas con solo escucharla. 

Ninguno de los dos se conocía, ese día simplemente decidió ir a tomar 
una copa, a ese antro de perversión de la esquina de su casa. No sería la 
primera vez que le llamara la atención el “Erótic Inferno”. Pero hasta ese 
día no había entrado. Se pidió una copa y se sentó en una de las pequeñas 
mesas que había dispuestas frente el escenario. 

Los olores se mezclaban en ese tugurio, una mezcla a alcohol, cerveza rancia
 y perfume barato era la antesala de lo que sucedería. No esperaba más que 
ahogar sus penas en unas cuantas copas, fumando algún cigarro y quizá 
disfrutar del espectáculo. Pero visto lo visto, no esperaba mucho de 
ese sitio. Qué envejecido, sucio y oscuro parecía más el propio infierno 
que un club elegante. 

Pasaron una tras otra las bailarinas que amenizaban la noche, sin tan 
siquiera conseguir que levantara su rostro de la copa, la cual observaba 
abstraído, mientras el hielo se fundía junto al licor.

Tenía pensamiento de irse ya, cuando vio cómo colocaban en el escenario 
una especie de biombo transparente. Una música muy sensual empezó a sonar
 y un aroma embriagador, dulce, fresco le llegó a sus fosas nasales, 
despertando algo dormido en él.

Las luces se apagaron y solo un leve foco de luz tenue se dirigió hacia 
el escenario. Se acomodó en su silla y sus ojos se posaron en ese leve 
reflejo adyacente tras el biombo, que dibujaba las curvas sublimes de la 
mujer que se encontraba detrás.

La voz sensual que cantaba la canción embelesaba compaginado con suaves 
movimientos escondidos bajo la fina tela. Sombras chinescas que dibujaban 
un contoneo tan sublime que despertaba la piel, erizando con cada dulce 
balanceo. Podía distinguir la larga melena que acariciaba su espalda de 
manera sutil. En cada gesto con sus manos se abstraía pensando en ser él 
quien recibiera ese toque divino, esas caricias que le hacían volar de manera 
subliminal, porque esa mujer que se escondía detrás le hacia el amor sin rozar 
tan siquiera la piel y sin ver su rostro.

Sin darse cuenta su boca empezó a salivar, sus manos sudaban y su 
entrepierna

- Ahhh, su entrepierna. Despertó- Era como si de golpe esa sombra 
reclamara al dragón dormido con un baile que sin saber por qué era por 
y para él. 

Seguía fascinado con ese sensual baile, sin poder apartar la vista de esa 
sombra cuando asomó una de las piernas de la mujer, larga, piel canela 
brillando pues vestía purpurina y esas ráfagas de centelleo bajo la luz se le 
clavaron en las pupilas. Poco a poco fue dejando entrever partes de ese liviano 
cuerpo de una manera sugestiva y vaporosa como si realmente de una sombra 
se tratase, apunto de esfumarse delante de sus ojos. Seguía con su 
baile y sus movimientos despertaban a la bestia dormida, sin poder casi 
contener un suspiro que se escapo de manera casual cuando se encontró
 con unos ojos dignos de una gema, que lo atraparon cayendo rendido a ese 
sutil embrujo. 

El baile continuó, sus pechos pequeños, turgentes, con pezones rosados e 
inquietos que despuntaban briosos a cada movimiento. Solo una pequeña 
tela a modo de tanga cubría su cuerpo, su larga melena ocultaba sus nalgas, 
redondas, pequeñas, que solo se dejaban ver cuando se movía al ritmo de la 
música y la cortina velada de su cabello descubría ese apetitoso cuerpo del pecado. 

La música llegó a su fin y no podía creer lo que su cuerpo sentía por esa bella 
desconocida. Ella miro a su dirección y le sonrío, con un sutil gesto de su 
mano le indicó que la siguiera tras bambalinas, ni corto ni perezoso con 
su miembro molestando dentro del pantalón se levantó y fue siguiendo a 
esa mujer que enmarcaba cada paso con sus caderas dejando absorto al 
hombre que se perdía por sus curvas.

Ella se detuvo en el oscuro pasillo y se apoyó en la pared su mirada prendía 
en fuego y el verde de sus ojos lucia como esmeraldas recién talladas, 
se acercó, tan próximo que su aliento jugaba con el de ella. 

-Te esperaba, Dragón. 

Sonrío, era extraño que le llamará así sin conocerse pues él tenía un dragón 
tatuado en la espalda y no entendía como lo podía saber, pero lo que 
sentía al tener delante a esa mujer – Ahhhh, eso era algo inexplicable- Se 
acercó a su cuello y olió el aroma que le cautivaba, tenía la piel sudada del 
esfuerzo y esa mezcla despertó su fiera interna. 

Le agarró su oscura melena desde el nacimiento de la nuca haciendo 
que su cabeza ladeara un poco y se hundió en su boca con su lengua, 
creando un torbellino de sensaciones en la boca de su estómago y despertando 
su sed, sus ganas de devorar cada resquicio de esa mujer de manera 
fulminante y apremiante. Su otra mano se deslizo hasta su pecho agarrándolo 
 y jugando con su contorno, dejo de besadla para bajar a su busto y poder 
así por fin deleitarse con su sonrojado pezón mientras lo mordía, estiraba y 
saboreaba, ella emitía leves jadeos y se retorcía entre sus manos. La apretaba 
contra la pared mientras se restregaba contra el liviano cuerpo de la mujer que 
se perdía en su nuca, besándolo y despertando en él todas sus terminaciones 
nerviosas…

-Hazlo- le susurro 

Sin pensarlo dos veces, bajo su bragueta y saco su miembro que ya 
pedía adentrase en ella, le aparto el tanga y comprobó la humedad de 
su coño – Y dios, estaba preparada para ser poseída- la embistió mientras 
la elevaba y hacia que sus piernas rodearan su cintura. Se sujetó a él y 
empezó a entrar y salir de ella, mientras su espalda se apoyaba en la 
pared y entre estocada y estocada se embriagaban de placer dejándose llevar,
 sin importar quien pudiera pasar, simplemente el Dragón y la musa eran los 

bailarines de la lujuria. Él y su fuerza, la elevaba al séptimo cielo, mientras 
mordía su clavícula intentado sujetar su orgasmo dentro por más tiempo, 
pero pocas embestidas más fueron necesarias para que los dos sucumbieran 
en ese pasillo, esa última estocada que hizo que su pequeño cuerpo se clavará 
en la pared fue la que culmino en un devastador orgasmo, que los dejo 
exhaustos. Las piernas de ella temblaban en sus brazos y él tuvo que apoyar 
sus manos para seguir sosteniéndose. 

Cuando la bajo de nuevo, pudo ver sus mejillas sonrojadas, su boca hinchada 
por los besos y sus ojos sonreían. No se dijeron nada más, ella le dio la 
mano y le guío hacía su camerino…

2 comentarios:

  1. mmm buen relato intenso hasta la ultima palabra, cada vez que asombra las tus escritos. muy bueno bella. saludos

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  2. Ummmm me gusta mucho eso de,,, le mordía, estiraba y succionaba sus pezones.
    Es que puedo imaginármelo
    ¿Sera que tengo una mente calenturienta?
    Encantado de poder leerte por aquí.

    ResponderEliminar

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