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martes, 31 de enero de 2017

La Mar








«La mar embravecida era su fiel amiga; allí sentada observaba embelesada el fuerte vaivén
 de las olas mientras resurgían briosas una tras otra, con su espuma blanca remontando y 
ese ruido atronador que  le parecía provocador. Eso era lo que tanto le atraía 
de la mar, su fuerza, su poderío, la madre naturaleza en estado puro. Muchas 
veces pensó en meterse dentro y perderse en su gran bravura, dejar que su poderío 
la mereciera.»

Pasó un rato cuando a lo lejos pudo distinguir una gran sombra acercarse, se dispuso 
a levantarse, asustada observó a su alrededor, como siempre estaba sola en aquella playa, 
no supo qué hacer si huir o simplemente esperar que quien fuera se aproximara, algo,
 no sabía el qué la retuvo allí.
Poco a poco esa sombra se acercó dejando entrever un apuesto hombre, de grandes hombros,
fuertes manos, ojos verdes oliva y rostro anguloso,
 daba la sensación de ser un varón curtido, trabajado en la mar. Quizá un marino, tal vez 
un pescador. Observó con sus grandes ojos y  no pudo más que sonrojarse ante
 su presencia. No tuvo miedo en ningún momento y mientras se sentaba su lado pudo
percibir el aroma que  desprendía, varonil, exquisito, dominante.
Pasaron un buen rato en silencio, solo el sonido de las olas  les acompañaba.
 Él no decía nada, ella no se atrevía a romper el silente mutismo que les acompañaba, 
pero se sentía bien allí, simplemente sentada a su lado, era extraño pues de nada lo conocía, 
pero aun así era como si lo conociese de siempre.
Así fueron sus noches, una tras otra, iba aquella playa, al rato él llegaba y se sentaba 
con ella, pasaban las horas en silencio entre miradas de soslayo y una gran tensión que
 crecía entre ellos y que cada día costaba más de sostener.
Ya habían pasado semanas y esa noche la mujer fue a la playa deseando encontrarse con 
él de nuevo y con la idea de preguntarle el porqué de sentarse a su lado noche tras noche 
sin decir palabra alguna.
Espero y espero, aquel día no apareció y  el corazón se le quebró, no sabía donde 
buscar, no sabía quién era, solo conocía sus rasgos, su olor y ese deseo que sentía en su presencia.
 Un mes pasó y ni rastro. Estaba por marcharse esa noche y ya no volver más, cuando a 
lo lejos diviso la sombra del hombre, su corazón se aceleró, su piel sintió un escalofrío, tenía 
un nudo en la garganta cuando al aproximarse  pudo percibir ese inconfundible aroma. 
No sé sentó como las otras veces, le alargó la mano para que se la tomara, cosa que
 hizo sin dudar, la levantó y acercó contra su cuerpo pudiendo sentir su contacto y esa 
proximidad le hizo estremecer.
-Sabía que estarías aquí- le dijo mientras le abrazaba.
-Te esperaba, no sé porqué. Pero lo hice noche tras noche.
-Es sencillo, desde el primer día. Has sido Mía y eso te hacía volver aquí. 
En mi busca.
Ella levantó la vista, sus ojos por primera vez se encontraron, se perdió en sus pupilas 
vidriosas, abiertas, ennegrecidas por el deseo.
-Sí, soy tuya. Desde ese día.
-Lo sé. Y ahora comprenderás por qué…
Allí mismo la agarró con fuerza, sin tan siquiera tener miramientos con su pequeño cuerpo, 
la empujo contra la dura roca, ella extrañada pero no asustada gimió y él sonrío. Metió su 
mano entre su falda y ascendió por sus muslos hasta llegar a su sexo, apartó su pequeño
 tanga y comprobó con ansía lo que ya sabía. Estaba mojada, le deseaba. Hundió sus dedos 
en ella, mientras su pequeño cuerpo se contraía entre sus brazos y sus jadeos se escuchaban 
por encima del fuerte oleaje. El mismo que al chocar contra las rocas los mojaba. Mientras 
la poseía con sus rudos dedos y ahondaba en su húmedo coño, la besó con fuerza para 
después entreabrir su boca y con su lengua dominar su arremolinada y salvaje saliva.
La poseía sin medida, sin control, con lascivia, lujuria y osadía. Adentrándose en ella, una y 
otra vez, una y otra vez, hasta que se ahogó con sus propios gemidos, mientras él se los 
bebía y absorbía su orgasmo entre beso y beso...
-Por esto sé que eres Mía. Por tu entrega a mí, sin miedos, sin preguntas y por la respuesta 
de tu cuerpo.
Ella sonrío medio avergonzada y bajó la vista ante la imponente mirada de ese hombre.
-Y ahora ven. Ven conmigo a mi infierno, pues ese es tu lugar.
No lo pensó y con él se fue…
La mar los unió, la mar fue su lecho, la mar fue su hogar...





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